Marilyn, just like heaven

Posted on | 19.11.10 | No Comments

Todo eso pasó porque sos necio, terco y bien imbécil. Desde que la viste en Ateos pensaste que esa mujer era tuya para siempre; qué imbécil.

La habías visto antes en aquel bar y hasta te la podías por nombre. Hoy no andaba esquivando bolos, estaba sentada en la mesa de la esquina, inhalando humo azul entre botellas de cerveza y dos amigos. La mirabas desde el bar, estaba más seria que nunca. En eso se acercó a la barra y le dijo a Henry que maldición, todo es una mierda. Y él contestó que tranquila, mi amor, todo está bien; un vodka en la casa para que se calme. Le dio las gracias, cariño y le pidió su canción. Se lo tomó de un solo trago y bailó show me, show me, show me how you do that trick. Cuando te vio dijo que te conocía. Pues, sí, en aquel bar, le explicaste y te dio la mano. Mucho gusto, como si no se hubieran hablado nunca, soy Marilyn, ¿y vos? Leo, Leonardo, Leo. Qué idiota, de veras.

Te preguntó si bailabas, que mejor se fueran al Café, Ah?, aquí al lado. Le dijiste que sí, que fueran todos. Regresó a su mesa, cogió sus cosas y te jaló hasta la calle. Comenzaron a caminar en dirección al bar y preguntaste que porqué no iba nadie más. Porque sus amigos la aburrían; solo aspiraban por la paz y ella quería aspirar otra cosa. Propusiste que mejor se fueran a tu casa, aquí cerca, en carro, que ahí podías ayudarla con eso. And I promise that I’ll run away with you. I’ll run away with you.

Le serviste ron en tu casa. Ella quería seguir bailando y puso música mientras preparabas dos líneas con tu navaja. Puta, con eso matás a alguien, Leo, tené cuidado. Sí, Marilyn, podría, pero vos tranquila que yo también quiero paz en el mundo. Bailaron juntos, bebieron más ron, esnifaron otra línea. A la tercera, siguió bailando muy sensual, mirándote con esos ojos grandes y grises. Parecía un demonio. Quiso jugar a quitarse la blusa. Se acercó más y los dos jugaron a besarse, a quitarte la camisa, quitarle el sostén, a desabrochar pantalones, lamerse, tocarse, meterse en cada rincón. Y así, entre gemidos hasta que no pudieron más y sus rostros se descompusieron.

Se fue en la madrugada porque la esperaba en casa alguien que a veces se comporta como un perfecto idiota, pero creo que lo amo, sabés. Tranquila, mi amor, que te llevo en mi carro, pero no quiso. Entonces que la acompañabas a conseguir un taxi que ya era tarde y no era hora para andar sola en las calles de esta puta ciudad y ella que estaba de acuerdo. Caminaron riéndose a carcajadas, jugando a besarse y quedaron en verse de nuevo.

Entonces comenzaste a visitarla más seguido en aquel bar. En sus recesos te miraba con sus ojos de demonio y jugaban a descomponerse la cara en tu carro, en el baño. A veces también jugaban en sus días libres, en tu casa. En una de esas te enteraste que las cosas en la suya no estaban bien, pero que lindo que es jugar con vos. Spinning on that dizzy edge I kissed her face and kissed her head and dreamed of all the different ways I had to make her glow. Why are you so far away? Entonces, todo comenzó a hacerse aburrido; jugaban un rato cuando ella quería y siempre con la conciencia de la piedra.

Te diste cuenta que apenas tenías una parte, la querías toda. Ese demonio debía ser tuyo. Esos ojos grises, su pelo negro, sus labios rojos, su pechos, sus muslos, sus piernas, sus dedos. Toda. Enterita.

Después de ese día Marilyn te esperó en la entrada de aquel bar. A lo lejos la viste más delgada que nunca, tenía un cigarro en una mano y se recostaba en la puerta de la entrada. Te acercaste a saludarla con un beso, pero tus labios se perdieron en su mejilla. Te dijo que ya no más, Leo, que esto tiene que parar porque vos estás loco por pedirle que fuera tuya. Toda. Enterita. Y pensándolo bien, el tal Santiago, al parecer, se estaba portando bien desde aquella noche que no llegó a dormir hace unos meses, ya no lo volvió a hacer. Mejor ya no, Leo.

La miraste con sorpresa y desprecio. Won't you ever know that I'm in love with you? That I'm in love with you? Le dijiste que esto no se iba a quedar así porque vos sabías, desde que la viste en aquel bar, que ella era para vos. Marilyn, pensalo, esta es la última vez que me vas a ver. Es que vos sos necio, Leonardo. Necio, terco y bien imbécil.

La esperaste a que saliera. Salío más temprano de lo usual. Por ese sí lo hacía, pero aunque vos le rogaras siempre necesitaba el dinero. Es más, hasta trabajaría tarde. La seguiste. Caminaba bastante rápido, comenzó a llover y te dieron ganas de pedirle que subiera al carro. Marilyn, subí. Que no, Leo, andate, ya casi llego te dijo con los ojos endemoniados. Insististe una vez más y volvió a decir que no, entonces aceleraste. Diste una vuelta, la viste a lo lejos, más delgada que nunca y te fuiste despacio, detrás de ella.

Se metió en un edificio que tendría unos diez mil pisos. Construyen edificios tan altos estos días. Parqueaste el carro y la viste subir al elevador que paró en el séptimo piso. Subiste por las escaleras. La puerta del único apartamento estaba abierta. Entraste. Alguien reía entre gemidos en el cuarto. Te acercaste en silencio a la ventana y la viste subirse a un taxi. Los gemidos se detuvieron después de uno largo y desgarrador. Luego te asomaste al cuarto y un hombre besaba a una rubia. Sí que es pendejo este hijueputa. Escuchaste sus pasos acercarse y lo esperaste en lo oscuro, afuera del cuarto, en la sala. Jugabas con la navaja entre los dedos. Cuando encendió la luz te vio parado detrás de él y no le diste tiempo ni de reaccionar. Cortaste su garganta y atrapaste en tu mano el pequeño grito que se le escapó. Después seguiste atravesando su pecho, su abdomen, su pecho, su abdomen. Cuánta sangre. Qué cosa tan seria.

Cayeron al suelo. Detrás de vos un grito agudo de una rubia asustada. Qué te callés o te mato a vos también. Y en el fondo, el intento fallido de unas llantas por frenar y el sonido del metal golpeando a más metal. Los dos miraron hacia la ventana y vos saliste corriendo antes de que la rubia volviera a reaccionar.

Huiste y volviste a escuchar el grito agudo de la rubia angustiada mientras corrías hacia las gradas. Saliste de ese edificio asustado, con la navaja todavía en la mano. Aún llovía. A mitad de la calle te detuviste y miraste hacia la esquina. Un taxi retorcido. Marilyn.

La policía te encontró llorando al lado del taxi. I opened up my eyes and found myself alone, alone, alone, above a raging sea that stole the only girl I loved. Cuando abriste los ojos, alguien te preguntaba si hey, loco, tenías hambre, viejo, ¿ya comiste? En la cara te meneaban un guineo. Comete eso, pero con la cáscara, así se comen los guineyos aquí. Miraste a tu alrededor. Había por lo menos treinta hombres con sus ojos clavados en vos, todos recostados en las paredes frías. Un teocolote te observaba desde una de ellas. Apenas cabían. Mordiste el guineo con la cáscara y el tipo pequeño, moreno, con la cara tatuada dijo que este se portaba bien, que no había desvergue. Entonces todos se sentaron de nuevo y te hicieron un espacio debajo del tecolote. Cerraste los ojos y soñaste con Marilyn. You, soft and only you, lost and lonely you, just like heaven.

Ardores

Posted on | 12.7.10 | No Comments

Marcelo llevaba ganas de hacer el amor con Alicia. Recién salía del trabajo y, después de pasar todo el día contestando llamadas en un cubículo, no quería más que hacerle el amor. Tenía hambre, pero eso era lo de menos. Después se podía hacer un sándwich o algo; no la iba a hacer cocinar.


No entendía por qué Alicia lo excitaba tanto. Es decir, su cuerpo era delgadísimo: su abdomen plano casi se confundía con sus pechos y su trasero no era nada del otro mundo. No se parecía en nada a sus otras novias. Pero esos ojos grandes y saltones lo volvían loco. Alicia podía decir todo con la mirada o volverte loco de confusión, y eso, para Marcelo, compensaba su cuerpo ligeramente andrógeno que, a pesar de todo, había comenzado a desear desde que la conoció.


Había llovido toda la tarde y parecía que iba a comenzar de nuevo. La lluvia siempre lo conmovía y su estómago se llenaba de soledad. Decidió fumar un poco de hierba para dejar de pensar en esas pendejadas. Sacó su pipa de la guantera, se lo colocó entre los labios y dio unos cuantos jalones hasta que se apagó.


Deseaba tanto a Alicia en ese momento. Arrancó el carro y encendió la radio. Sonaba Boys don’t cry y a que de verdad necesitaba a Alicia. Abrió la ventanilla para que saliera el humo blanco. Sacó un Marlboro rojo y dejó que se llenaran sus pulmones.


Apenas había fumado la mitad del cigarro cuando llegó a casa. Parqueó el carro. Antes de entrar le dio un último jalón al cigarro y lo tiró en un charco. Había comenzado a llover.


Entró. Alicia estaba en la cocina, recostada en la mesa con una mano en el bolsillo y en la otra un cigarro. Hola, mi amor. Alicia no contestó y le dio una mejilla cuando él se acercó a besarla; luego inhaló el humo de su cigarro y dio unos pasos para alejarse, sin verlo. Él la tomó de la cintura, sabía que estaba enojada, pero tal vez haciendo el amor se le quitaba. Le besó la otra mejilla, la oreja, la nuca. Ella se soltó y le dijo que no era buen momento, que quería hablar. Marcelo quería hacer el amor. ¿Qué pasa?


Alicia se volteó hacia él, pero no lo miraba. Dijo algo como que estaban jóvenes, o que ella estaba muy joven, que sabía que él la quería, tal vez amaba, pero ella no podía vivir así, Marcelo. Se acercó hacia ella y tomó su cara entre las manos. La intentó besar, pero ella giró su cara a un lado y fumó su cigarro. Todavía no lo miraba.


Marcelo intentó de nuevo con un poco más de fuerza y logró besarla, pero Alicia gritó que no, Marcelo, que no entendés y lo miró. Sus ojos le dijeron que no lo querían, que se iban y no volvían; soltame. Aún la tenía agarrada de un brazo; no podía soltarla. Comenzó a ver que todo se derretía, pero boys don’t cry. ¿Qué estás diciendo, mujer, que te vas? Sí.


Marcelo iba con ganas de hacer el amor. De un tirón la acercó hacia él y le pidió que se quedara. Alicia trató de soltarse y lo quiso empujar, pero él se arrimaba con más fuerza.


Cayeron al suelo; él sobre ella. Alicia lo bofeteó. Él se descubrió devolviéndole sus fuerzas en un solo puñetazo en la mejilla y luego apretándole el cuello. Sus pulgares comprimían el esófago mientras los ojos grandes y saltones se le clavaban con súplica y desconcierto. Alicia dejaba de moverse y luego algo tronó. Marcelo lo sintió entre sus manos y un escalofrío le recorrió el cuerpo.


Se levantó y miró su cuerpo tendido en el piso de la cocina. Se quedó así por varios minutos pensando que tenía ganas de hacer el amor y ya la cagué. Mierda. Luego se acercó, apartó el flequillo de su frente con una caricia y la besó. La tomó entre sus brazos y llevó hasta su habitación para acostarla en la cama. La colocó con ternura, como para que no despertara, y se sentó a un lado de la cama a observarla en silencio. Giró su cabeza hacia un lado con curiosidad y le cerró los párpados. Mejor.


El celular de Alicia comenzó a sonar en la mesa de noche: Well, I've been down so Goddamn long... Marcelo lo observó hasta que dejó de sonar; su corazón todavía latía con fuerza. Luego volvieron a llamar: Well, I've been down so Goddamn long... Tampoco iba a contestar. ¿Qué iba a decir? Se acercó y la llamada era de Javier.


Él y Marcelo se habían graduado juntos hacía varios años y era el único con el que todavía tenía contacto. No es que a Marcelo le agradara mucho el tipo. Lo llamaba Marcelino, Marciano, Marcela, Mar-cielo... Gracia creía que hacía. Se la pasaba horas arreglándose el pelo frente al espejo para de darse el look desalineado. Luego se sentaba en una mesa de algún bar con su cigarro decidido a arreglar el mundo o, por consiguiente, los problemas del fútbol. Cuando esos temas se acababan, terminaba hablando de armas, lo que llevaba al tema de su padre. El papá había sido militar –razón por la que lo detestaba- y lo único que le había heredado, según él, era la fascinación por las armas. A Marcelo le valía madre su papá y nunca le entendió la diferencia entre una pistola 9mm o un AK-47. Además, Javier no hablaba, gritaba y, cuando se emocionaba, tenía la manía de apuntarte a la cara con el dedo. Sin embargo, de vez en cuando, quizás por nostalgia, aceptaba sus invitaciones a beber y, en muy raras ocasiones, hasta habían quedado en juntarse en casa de Marcelo; este hasta le había presentado a Alicia.


El celular vibró de nuevo. Un mensaje. Linda me atrac paso a las 10. hablast con marcelo? Era de Javier. Puta, y en lenguaje SMS. Qué imbécil. ¡Qué cabrón e hijuelagrandisimaputa!


De pronto se halló manejando de noche bajo la lluvia. Encendió un cigarro, aunque hubiese preferido más hierba. Tomó su celular, llamó a Javier y respiró profundo. Le dijo que había tenido un mal día en el trabajo y acababa de salir; necesitaba unas copas y ya iba para su casa; no, se podía negar, ya estaba a la vuelta; abrime.


Se sentaron en la sala. Javier le preguntó si quería tomar algo. No parecía nervioso; ya tenía un trago en la mano. Sí, a eso vengo, ¿no? ¿Qué estás tomando? Vodka. Entonces dame un ron. No tengo. Puta, maje, entonces cerveza.


Marcelo se quejó un rato del trabajo y le preguntó cómo le iba a él. Luego le dijo que las cosas con Alicia no iban bien. No sé qué hacer. Javier, qué descarado, le salió con algo de no poder obligarla, si la quería, que la dejara ir... Sí, cabrón, y te la regalo. Idiota.


Prestame el baño. Dale. Abrió la puerta y la cerró sin entrar. Javier se metió a la cocina a servirse otro trago. En muchas ocasiones, le había mostrado una pistola que mantenía en su mesa de noche por si acaso; hasta cómo poner el silenciador le enseñó. Marcelo entró al cuarto y abrió la gaveta. Escuchó los pasos de Javier acercarse por detrás ¿Creés que soy pendejo, Marcelino? Se volteó. Mierda, no es tan pendejo. El silenciador susurró un disparo al pecho de Marcelo. Javier se paró al lado del cuerpo y lo miró a los ojos hasta que se le cerraron.

Ana de azul

Posted on | 9.12.09 | 1 Comment

(O los personajes favoritos)

Fue en la boda de un buen amigo, después del vals, mucho después. La vi. Era aquella de vestido azul, sentada en la mesa de la esquina y deshojando las margaritas del centro de mesa. Juro que no buscaba a nadie. Estaba ahí por puro acto de presencia y la vi.
Tomé mi tercer güisqui de un solo trago. Esperé a que estuviese sola y le llevé otra copa de vino. Me senté a su lado y pregunté:
-¿Venís de parte de la novia?
-No, soy prima de Fernando- contestó. Le dije que mi amigo jamás me había contado que tenía una prima tan linda y me hirió con una risa jocosa. Me quedé callado y la miré.
Sus ojos eran un poco achinados, color miel y el flequillo le caía sobre el izquierdo. Unos labios rosados enmarcaban sus dientes perfectos. El hoyuelo en su mejilla derecha me hizo olvidar, un instante, que era victima de una burla.
Se apartó el pelo color caoba de los hombros y dejó al descubierto el escote y dos lunares: uno en el cuello y otro en la clavícula derecha. Su piel era de porcelana, de esas que tanto había escuchado e imaginé así de blancas y lisas. Me hipnotizó.
Dejó de reír y ahora me miraba. Algo en ella, no sé si lástima, la motivó a jalarme a bailar. El vestido azul se ajustaba hasta su cintura y la falda se movía, perfectamente, al ritmo de sus caderas y la Ciguapa. Yo, con la experiencia adquirida a través de los años, la hacía girar luciéndola por un pequeño espacio que nos fuimos abriendo entre los otros invitados bailarines.
En medio de Huey Dunbar, más Chichi Peralta, y Juan Luis Guerra, me enteré de que se llamaba Ana y estudiaba una carrera que yo no conocía. Tenia que ver con filosofía, letras y algo que no escuché.
Para las últimas dos canciones del re-mix de Olga Tañón, esta mujer me traía loco. De ahí, supongo, y con la ayuda de otros güisquis, que yo sacara el valor para invitarla a mi casa.
Paramos de bailar y nos fuimos a sentar -cerca del bar, por elección unánime- porque el reguetón no le gustaba.
-No me gusta el reguetón- dijo apenas escuchó el grito de guerra de algún puertorriqueño.
-A mí tampoco- le dije.
-¿Por qué?
-No sé, es un mismo ritmo para todas.
-También, pero denigra a la mujer. No sé por qué lo bailan, miralas. ¿Te importa si me quito los zapatos?- preguntó, sin esperar respuesta, colocando los zapatos debajo de la silla y continuó con su explicación, -No me gusta usar tacones y ya no los aguanto-.
Seguimos tomando; ella sus copas de vino tinto y yo mis güisquis. Nos burlamos de la gente que seguía en la pista. En especial de los viejitos que parecían bailar boleros al son del perreo y los borrachos que ya habían perdido toda vergüenza.
Tiré la pregunta porque no supe qué más hacer.
-¿Vamos a mi casa?
Me volvió a ver poco sorprendida y el hoyuelo en su mejilla se formó en aprobación. Se puso los zapatos, se despidió de una amiga pasada de copas que dijo cosas que no entendí y salimos del hotel. Hacia Frío.
Detuve al primer taxi que pasó. Camino a casa, tomó mi mano y preguntó:
-¿No tenés novia, verdad?
Me pareció un poco tarde para esas cosas, pero le expliqué que vivía con alguien, pero todo había terminado hace menos de una semana.
No dijo nada. Solo sonrió y me beso.
Llegamos. Todo sucedió de repente. Subimos en el ascensor hasta mi apartamento en el tercer piso. Mi mano en su cintura la haló hacia mí, sus manos delgadas se colgaron de mi cuello y nuestros labios se entrelazaron. Entramos apartamento. Cada uno estudiaba el cuerpo del otro descubriendo curvas nuevas. Comenzó a caer un vestido, una camisa, un pantalón y todo lo demás. La llevé hasta el cuarto y ahí encontramos nuestra desnudez y las mordidas en el cuello y los labios. Su cuerpo temblaba bajo el mío y, mientras besaba sus senos, ella recorría sus dedos fríos en mi espina dorsal y me apretaba entre sus piernas.
Por un momento, el tiempo nos perteneció; parecía haberse detenido. Cuando nos volvió a alcanzar, la luz de la luna se colaba en mi ventana. Ana se acostó sobre mi costado y dibujó unos garabatos en mi pecho con su dedo. Me di cuenta de que su pelo olía a vainilla. Poco a poco, acariciando su melena, me quedé dormido.
Me desperté hasta la mañana siguiente y me encontré con su ausencia. Me abandonó. Todo lo que dejó fue una almohada arrugada, un olor a vainilla y unas ganas, de volverla a ver, en los bolsillos.

***

Es mi cuarta copa de vino y pronto estaré ebria. Creo que tomo demasiado. No, perdón: mi madre piensa que tomo demasiado, y yo me lo he creído más alguna vez.
Odio las bodas. ¿Es necesario tirar la casa por la ventana y firmar un pedazo de papel para probarle al mundo que nos amaremos para siempre? ¿Somos tan inseguros? No me gustaría estar con alguien que necesite que firme un papel y desfile en vestido blanco frente a todos –hasta su Dios- para que esté seguro de que lo amo. Sobre todo, tampoco me parece prometer algo eterno siendo ambos tan efímeros. De todas maneras, ya no podría vestir de blanco.
Me puse el vestido azul que tanto quería. Hubiese escogido el rojo; el azul está de moda. Uno, dos, tres. Cuatro mujeres vestidas de azul. Maldición. Morado, mi próximo vestido será morado... ciruela, talvez.
El centro de mesa tiene margaritas. Tomo una y la deshojo sobre el mantel blanco. Me quiere, no me quiere, me quiere, no me quiere... Sí, soy una ridícula. Me quiere... Ya sabía que sus viajecitos no eran de negocios... No me quiere...
Hay un tipo en el bar con, probablemente, cuatro güisquis encima. Pronto estará ebrio. Se parece a él. Me mira, pero no bajo la mirada. Mejor brindamos de lejos. ¿Adónde estará la Elena? Tomo otra margarita. Se acerca, no se acerca; me quiere, no me quiere.... ¿Por qué me enamoro del primer hombre que veo me presta la más mínima forma de atención?
Se acerca vistiendo un traje gris, su güisqui en una mano y, en la otra, una copa de vino para mí. Sí, se parece a él.
-¿Sos amiga de la novia?
-No, soy prima de Fernando- contesto.
Me dice que Fer nunca le dijo que tenía una prima tan linda. El comentario me da risa y no me esfuerzo por ocultarlo. El vino, quizás. No, no pedía que me recitara aquel poema de Girondo, pero tampoco. En fin, ¿volará él?
Se ha quedado callado y me mira. Su nariz, moderadamente grande y recta; cejas espesas; sus ojos tristes, negros y grandes; la barba, un poco desarreglada. Sonríe ahora, pero noto una seriedad habitual porque la sonrisa es pequeña y retraída, casi una mueca. Ideal, no obstante.
No me quita la mirada de encima y ya sentí cosquillas en el estómago. Lo saco a bailar antes de sonrojarme. Él sí baila -no como el otro-, y qué bien baila.
Dice que se llama Andrés, que terminó de estudiar leyes en el sur y me lleva cuatro años. Seguimos con los güisquis, el vinito y el baile. Yo ya estoy un poco ebria, sí, pero no es para tanto. Seguramente, también él. Poco a poco la sonrisa pierde timidez.
Cada vez bailamos más cerca, muy cerca. Las narices juguetean y los labios se rozan más de una vez. ¿Volará?
Comienza el reguetón y lo halo cerca del bar explicándole que detesto esa música. Él también. Me quito los tacones que ya no aguanto y seguimos tomando y mofándonos de los bailarines.
De repente, con su voz ronca y bastante serio, me tira una propuesta indecorosa que bien merecida tiene una bofetada en la mejilla. -Vamos a mi casa- No, momento: mi madre piensa eso, yo, a comparación, podría ser ninfómana. ¡Ay, madre, qué vida la suya! No le contesto, solo sonrío en aprobación.
Encuentro a la Elena, bastante ebria, hablando con un tipo que parece que conozco porque me saluda hasta con nombre. Le digo que me voy con Andrés, un viejo amigo, para que no me joda. Comienza la Elena a encargarle que me cuide, que ella me quiere y que me lleve sana y salva a la casa. Nos mofamos de ella y nos vamos.
-Ah, ¿no tenés novia, verdad?- le pregunto mientras nos subimos un taxi. No escucho qué me contesta, pero entendí que no. Aunque a estas alturas ya ni importa.
Llegamos bastante rápido. Entramos a su apartamento, tira el saco gris en un sofá y me ofrece algo de tomar. No gracias, un poco más y ninguno va a funcionar bien. Me hala hasta su cuarto. Se parece mucho a él.
Me toma de las caderas firmemente y me acerca. Las narices vuelven a jugar y solamente roza sus labios. Mis manos se sujetan a sus brazos y nuestros labios se entrelazan moviéndose sin dirección. Sus manos comienzan a recorrer mi cuerpo como si lo hubiese hecho antes. Mi mano busca su cuello, la otra su espalda y lo aprieto contra mí. Me separo solo un poco. Se parecen.
Me dice que venga y vuelve a unir nuestras bocas. Cae mi vestido azul, su camisa blanca, el pantalón y todo lo demás. Me guía hasta acostarme sobre su cama y besa mi cuello, mis senos, mi obligo, mi vientre...
Me hace suya, lo hago mío y olvido que se parecen. La luz de un farol se cuela por la ventana. En la cara de Andrés puedo ver dibujada una sonrisa mordaz. No, el muchacho ya no es tan tímido. Me besa y se tumba a mi lado. Luego me acuesta en su costado y quedo dormida. Me despierto. El querido Andrés ronca. Puedo ver en la ventana que ya amaneció. Miro la mesa de noche sobre el hombro de Andrés y el reloj digital marca las 6:33 AM con un verde escandaloso. Maldita sea, me tengo que ir. Salgo de la cama lentamente, me visto de prisa y en silencio para no despertarlo. 6: 37 AM. Mierda, Rodrigo regresa hoy a las ocho.

Entre llamadas

Posted on | 27.11.08 | 2 Comments

¡No puede ser, qué inepta! Ya llevás casi una hora en esa llamada. Le has explicado, mínimo, unas cinco veces a la señora que esto no es problema del Internet; es su computadora y eso no lo puede arreglar esta compañía. Y ¿todavía no capta? Bueno, le explicás otra vez. Dice que ya entendió y le aconsejás contactar a un técnico local o a su vendedor. ¿Que por qué? ¡Pero si se lo acabás de explicar! ¡PUTA! Lo peor es que hasta enojada te salió.

La ponés en espera porque después de una hora tu paciencia ya ni existe. Tirás los audífonos, le pegás al escritorio, a las paredes del cubículo y puteás a la vieja incompetente. Sentís un nudo en la garganta; es un grito desesperado, ahogado. Si estuvieras sola ya hubieras chillado, pero ahora no querés hacer el ridículo. Sí, definitivamente, a este tipo de personas hay que prohibirles estar cerca de una computadora.

Alvaro, sentado a tu izquierda, te mira y se ríe. Acaba de salir de otra igual. Montiel solo pasa, te masajea los hombros tres veces y te dice que te relajés. ¡¿Que te relajés?! Ojalá te pida supervisor para que le pasés la llamada. El Droopy te jode por la cara de mal trago que tenés y te dice que le digas que si en diez segundos no enciende, que corra porque le va explotar esa mierda. Ja, torpe. Meme dice que le digás que el “chichín de la piruleta” se ha roto y tenés que mandar a un técnico para que revise el “matrix”. Increíblemente, le funcionó la vez pasada.

Ya te pasaste de los dos minutos en “hold”, pero que siga esperando la mujer. Que se quede ahí hasta que te calmés porque vos ya la esperaste una hora. De todas formas, la grabación nadie la va a oír por ser tan larga.

Pensás en el mundo exterior. Podrías estar estudiando historia, llevás seis de promedio; o leyendo uno de los seis libros que tenés en la mesa de noche, los que has dejado a medias; escribiendo; o estar en el taller de teatro con el Chepe y el Pablo; talvez un café con la Sopa; fumandote un cigarro; hacer la tarea de redacción; o encontrarle formas a las nubes... Cualquier cosa, carajo, pero no esto. ¿Y si mejor te vas a sentar, en la esquina de la UCA, a vender pulseras con Luis?...

Resgresás con la señora y le agradecés por su espera. Comienza a repetirte, por décima vez, el problema que entendiste a la primera y al que ya ofreciste una solución. Sí, señora, sí. Ella sigue. Bueno, o le comenzás a hablar fuerte o no salís de esta llamada. Le repetís que si su computadora no enciende, no quiere decir que no tenga Internet. Es más, no tiene nada que ver con el Internet, señora. Una computadora enciende con o sin Internet. Si su computadora no enciende, no lo podemos arreglar en esta compañía. Si su computadora no enciende, tiene que llamar o a un técnico local, a su vendedor, algún amigo, al vecino, un familiar, o a quien sea, para que se la arregle. Aquí no se puede. ¿Ya?

¡Al fin! Dice que ya entendió. Seguramente no, y va volver a llamar más tarde o mañana. Probablemente ni te caiga a vos la llamada de todas formas, pero te chinga las métricas. Ya, ¿qué importa? Antes de que vuelva preguntar, agredecés por llamar a esta compañía donde valoramos sus negocios. Buenas noches.

A saber en qué estabas pensando. Dijiste que solo iban a ser seis meses, mientras entrabas a la U. Mirate. Ya llevas un año tres meses en lo mismo y sin vacaciones. Ya se te volvió un tedio. Pero vamos, respirá profundo y contá hasta diez, o hasta cien si es necesario, que sin esto no comés ni estudiás.

Grotesco

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Gabriela solo se acordaba de ciertas cosas, pero era suficiente. Dormía en su cuarto hasta que el tío Pepe entró tambaleándose. El olor a ron y tabaco invadió el cuarto. Recuerda el abrazo y los besos; la barba raspándole la cara; una lengua larga en su boca; la mano debajo del camisón; el cuerpo del tío sobre ella. La niña empujó con todas sus fuerzas, pero el hombre era gordo; pesaba.

De repente, se encontraba desnuda hasta la cintura, con los movimientos toscos de aquel panzón y un dolor punzante entre sus piernas. Cerró los ojos. La barba le rascaba el cuello y la mejilla derecha. El hombre comenzaba a sudar y humedecía el camisón y la piel. Las lágrimas comenzaron a brotar de los ojos de la chiquilla sin cesar, pero no pudo gritar; había olvidado cómo.

El cuerpo del tío se detuvo. Gabriela abrió los ojos.

El sudor de la frente y el pecho del tío se reflejaba con la luz del farol que se colaba por la ventana. Volvió a cerrar los ojos. Un peso se le quitó de encima, pero algo todavía quemaba entre sus piernas. Silencio.

Con los ojos bien apretados, la niña abrazó sus piernas. Las lágrimas seguían saliendo en silencio. Con su voz ronca, el tío le ordenó que no dijera nada. Crró la puerta y se fue. A los once años, el tío Pepe le robó, a Gabriela, algo que ni siquiera sabía que tenía.

Un día en el trabajo

Posted on | 9.8.08 | 1 Comment

Es la noche más helada de todo el verano. La mayoría de la gente anda abrigada. Yo no siento nada físicamente; ni frío, ni calor, ni dolor. Nada. Eso hace más fácil mi trabajo, supongo.

Me parece que hoy he llegado más temprano, pero es una noche lenta. Yo no me quejo: tendré más tiempo para estudiarlos a ustedes, los humanos. Son seres tan imperfectos e irracionales. Es cómico ver cómo hacen todo tan complejo al creer lo contrario. Pero eso se los explico después. Mi trabajo está apunto de comenzar.

Acaba de bajarse una pareja de un taxi. Entraron al edificio y voy detrás. Suben por el elevador, hasta el séptimo piso, besándose como adolescentes en celo. Entran al apartamento, y yo con ellos. Obviamente no dejo que sientan mi presencia, no los quiero interrumpir. Él ya quitó el vestido escarlata a la esbelta rubia y ella lo hala hasta el cuarto.

No los sigo. No quiero ver cómo sus cuerpos se enredan tanto que no se sabe qué es qué o quién es quién. Y luego, cuando la confusión se pone más intensa, parecen fusionarse en uno solo. En seguida, regresan a ser dos y se sienten más vivos que nunca. Hoy no quiero verlo. Es lo único que les envidio a los humanos. ¡Detesto no sentir nada corporal!

Alguien viene. Por estar pensando en estas cosas no me he percatado. Ahora sí, comienzo a trabajar.

Una joven, con mirada exótica y melena negra hasta la cintura, entra por la puerta. Coloca su cartera en la mesa del comedor. Estoy parada, junto al vestido de la rubia, esperando a que ella lo vea. Camina hacia la sala; hacia mí. Se detiene y mira el vestido, luego, a la habitación. Duda si acercarse y confirmar sus sospechas, pero yo sé que lo hará. Siempre lo hacen.

Ahí va. Abre la puerta un poco y se asoma. Los otros dos siguen divinamente enredados. Ella no reacciona, solo se aleja. Toma sus cosas y sale del apartamento; huye. A ella, sí la tengo que seguir.

Corre fuera del edificio y detiene al primer taxi que pasa. Se sienta en la parte trasera. Yo también. Su cuerpo tiembla. El taxista la mira, a través de sus bifocales, por el retrovisor. Asume que la chica tiene frío y sube las ventanas.
-¿Para adonde, señorita?- le pregunta.
-Arranque y luego le digo… por favor- logra contestar con la voz quebrada. Sus ojos grises se están inundando. Sin pedir más explicaciones, arranca el taxi.

Observo al conductor. En la oscuridad de la noche, solo puedo distinguir el sombreado gris de sus cabellos y la punta de su nariz aguileña; brilla con la luz de los faroles. Semáforo en rojo. Nos detenemos. Ella limpia las lágrimas de sus mejillas. El hombre se voltea. Noto, sin poder evitarlo, que debe estirar su pescuezo para reducirse algunos años. Su frente, que le comienza casi a la mitad de la cabeza, también refleja la luz de los faroles.

-Señorita, no sé por qué llora- le dice -, y yo sé que no me incumbe, pero me parece que lo necesita. Así que me permitiré darle un consejo-. Lo miramos con curiosidad y él continúa con voz de sabio -No debe dejar que le impidan galopar ni los ladridos de los perros ni la quijada de Caín-. Esa frase... -Sabina...- afirma ella. Y está en lo correcto. Sorprendido, no sé por qué, contesta -¡Ah! Sabe de música... Ya ve, es inteligente. Hágale caso al hombre ese que puede ser muy sabio, a veces-.

El semáforo en verde y él acelera. Ella sonríe. Pero los alaridos desesperados de unas llantas y el gruñido del acero comprimiéndose, interrumpen cualquier intento de conversación.

Un silencio invade la noche. Debo hacer mi trabajo. Abro la puerta del taxi, con dificultad, y tomo a la joven entre mis brazos. Es la única que llevo conmigo.

La del vestido azul

Posted on | 3.8.08 | 1 Comment

Fue en la boda de un buen amigo, después del vals, mucho después. La vi. Era aquella de vestido azul, sentada en la mesa de la esquina y deshojando las margaritas del centro de mesa. Juro que no buscaba a nadie. Estaba ahí por puro acto de presencia y la vi.

Tomé el whisky de un solo trago. Esperé a que estuviese sola y le llevé otra copa de vino. Me senté a su lado y pregunté: “¿Venís con la novia?” “No, soy prima de Fernando” contestó. Le dije que mi amigo jamás me había contado que tenía una prima tan linda y me hirió con una risa jocosa. Me quedé callado y la miré.

Sus ojos, de moneda, eran color miel y el flequillo le caía sobre el izquierdo. Unos labios rosados enmarcaban sus dientes perfectos. El hoyuelo en su mejilla derecha me hizo olvidar, un instante, que era victima de una burla. Se apartó el pelo de los hombros y dejó al descubierto el escote. Me hipnotizó.

Dejó de reír y ahora me miraba. Algo en ella, no sé si lástima, la motivó a jalarme a bailar. El vestido azul se ajustaba a su cintura y se movía, perfectamente, al ritmo de sus caderas. De ahí, supongo, y con la ayuda de otros whiskies, que yo sacara el valor para invitarla, de regreso, a mi morada. El hoyuelo en su mejilla se formó en aprobación. Camino a casa, nos besamos en cada semáforo.

Llegamos. Sucedió de repente: estábamos desnudos en mi habitación. Su cuerpo temblaba bajo el mío. Sus dedos recorrían mi espina dorsal mientras yo besaba sus senos y ella me apretaba entre sus piernas.

Por un momento, el tiempo nos perteneció; parecía haberse detenido. Cuando nos volvió a alcanzar, la luz de la luna se colaba en mi ventana. Ella se durmió sobre mi costado. Me di cuenta que su pelo olía a vainilla. Poco a poco, también me dormí.

A la mañana siguiente me desperté y me encontré con su ausencia. Me abandonó. Todo lo que dejó fue una almohada arrugada, un olor a vainilla y unas ganas, en los bolsillos, de volverla a ver. ¡Qué mujer...! Yo no buscaba a nadie, pero la vi.

Epílogo de un suicidio

Posted on | 2.8.08 | 1 Comment

Cuando lo vi, él me abrazaba. Mi cuerpo, pálido e inmóvil, estaba postrado en la cama. El veneno hizo su trabajo. Sollozaba inconsolable. Quise acercarme, pero me daba miedo: nunca lo había visto así. Esperé un momento y tomé valor.

Traté de darle un beso en la frente. Su cara estaba trastocada por el llanto. Sus lágrimas caían y humedecían mi pecho. No pude. “Lo siento” le dije; me dolía verlo así. Él no me escuchó.

La escena me parecía algo inextricable. ¿Por qué lloraba tanto por mí? ¿Por qué me hacía sentir de esta manera? Me rodeaba de calor verlo chillar por mí. Sin embargo, luego me congelaba, por dentro, el sentimiento de culpa por deformarle su cara en llanto. Esto último, podría decirse que iniciaba con un dolor punzante en el pecho y se esparcía por el resto del cuerpo.

Mis ojos se llenaron de lágrimas y miraba todo derretido. Hasta ese momento, no me había percatado de lo que, él, lograba musitar entre gemidos: “Chiquilla, no... ¿Por qué, tontita, por qué?”. Luego, tomó mi mano entre la suya. Me apartó el pelo de la cara y me besó: la frente, la mejilla, los labios. Mi cuerpo siguió pálido e inmóvil.

Me quedé atónita. No podía hacer nada, el veneno ya había hecho su trabajo. Ahora era muy tarde. Si yo hubiese sabido que alguien se sentía así por mí, jamás hubiera terminado con mi vida. Me acerqué a su oído. “También te quiero”, le susurré. Sabía que no me escucharía.

Miré la escena una vez más y me pareció extrañamente bizarra. Tuve que arrancarme. Salí corriendo con la brisa de la ventana. Iba flotando. En el fondo sonó, de repente, un estruendo; un balazo. Miré hacia atrás. A los segundos, él, también, flotaba detrás de mí.

Historia de algún bar

Posted on | 27.6.08 | 1 Comment

María ya llevaba más de mil y una noche sirviendo tragos en aquel bar. Ya casi se volvía un tedio. Se miró en el espejo, recogió su melena y delineó sus ojos para resaltar el color gris. Se colocó los labios de rubí que combinaban con el mocha de su piel. “Respira”, se dijo a sí misma y, obedientemente, devolvió un suspiro.

Su reflejo le señaló el escote, recordándole que el diez por ciento ya no abundaba. Desabrochó otro botón. “Además, quién quita y esta noche viene el príncipe azul en su blanco corcel”, pensaba ella. Después de todo, ella también era una mujer bonita, aunque su pelo fuese negro y no rojizo.

Comenzó la noche. La mesa uno, quería un balde; la tres, pidió dos whiskies, uno en las rocas; en la cuatro, iban los seis tequilas dobles; y, en la siete, no le quitaban la mirada de encima.

Pasaron las horas. María danzó y esquivó, con bandeja en mano, todo tipo de obstáculos: ebrios, cerveza en el suelo, gente, mesas, sillas y más ebrios. Ya estaba cansada y sabía que se le notaba. Se escapó al baño y, en la compañía de azulejos y poesía vulgar, esnifó un arranque. Continuó a arreglarse el pelo y repintó sus labios. Miró su reflejo y sonrió en aprobación: mejor.

Pero la noche aún seguía. La uno, quería otro balde; la cinco, pidió un cuba libre; llevó otra ronda para la cuatro; y, el de la siete, seguía ahí: con los ojos clavados en María.

Terminó la noche. El de la siete se acercó a ella. Paso a paso, tan confiado y seguro de si mismo, acortó la distancia entre ellos. Entre tantas miradas, flirteos e indirectas lograron tener una conversación con fluidez.

Todo el tiempo, María pensaba: “Por favor, que haya venido en su caballo blanco[...] Termina mis frases y adivinó, nuevamente, lo que pensaba: creo que lo amo[...] ¿Cuál era su nombre? ¡¿Qué importa?![...] ¡Por Dios, amo cómo presiona mis botones!”.